
Aunque nos paremos ante el mismo arroyo, hombro a hombro, no fotografiaremos lo mismo.
Eso se sabe hace mucho ya, porque no vemos lo mismo, no sentimos lo mismo, no nos llama la atención lo mismo y no “somos” lo mismo.
Por eso el arroyo a vos, te susurra cosas que a mi no y a mi me muestra otras que a vos no.
Pero no es que lo que nos diga no se parezca en nada, no, al contrario, son cosas “casi” iguales, pero no tan iguales como para creer que son lo mismo.
Esperame, ahí voy al punto.
Cuando nos paramos, hombro a hombro, frente a un evento pasa lo mismo. Frente a una noticia, a una idea, a una imagen, también. Si escuchamos un concierto, vemos una película o escuchamos un orador. Si junto a otros nos sentamos en una mesa a conversar… Siempre, siempre, siempre será diferente. Y cuando no lo sea es porque alguno está forzando para que no lo sea. Para pertenecer, para no defraudar, para no molestar al otro, quién sabe.
Cuando veo grupos de personas pensando lo mismo, haciendo lo mismo, defendiendo lo mismo, de esa forma tan, pero tan amalgamada, sé que no están ahí. Que ahí no está más que el personaje de la persona, pero que no está su verdadero ser.
Y cuando veo personas discutiendo, defendiendo posturas, defendiendo “verdades” o ideas, sé que también son sus personajes que luchan por mantenerse vivos, orgullosos, repletos de ego o, al menos, no sentirse tan golpeados, rebajados o lo que sientan. Pero siguen siendo sus personajes, no el verdadero ser.
Creo que lo usual, lo razonable, sería que veamos todos las cosas de forma diferente y que el punto de vista del otro enriquezca el nuestro, no que lo tiña, lo tape, lo cubra.
Y eso depende del otro (no invadir más allá de la opinión) ni de uno (saber hasta dónde dejar llegar al otro).
Disfruten su arroyo.
Los abrazo.

Deja un comentario