Muchas veces estoy demasiado apurado para parar a mirar. Para parar a sentir. Para parar a vivir.

Demasiado apurado por miedo a que la vida se me vaya sin haber llegado a hacer, a terminar, a resolver, a lograr, conseguir, “ser”.

Y mientras me apuro la vida se va.

Y, lo más interesante es que, a pesar que lo sé me cuesta parar. ¿Por qué? Ya no me echan de un trabajo, no gano más ni menos, no hay apuro, salvo el ver que los días pasan cada vez más rápido.

Entonces, intuyo que la cosa va por otro lado.

Quizás estoy muy rajásico, quizás hay todo un mundo que convenció a mi inconsciente que tengo que estar a mil, quizás la ley de causa y efecto no esté exactamente explicada…

Respiro profundo.

Los abrazo y les deseo una linda semana!


Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *