Hay un edificio que suelo visitar cuando voy a Buenos Aires. Fascinado por sus líneas, sus luces, podría estar horas buscando fotos dentro de él. A pesar que no tiene muchos recovecos, esta vez vi por primera vez su segunda columna de ascensores y, en ella, el buzón. Asombrado me acerqué, lo investigué, me sorprendió. Un tubo, vertical, con rectángulos de vidrio similares a los de las ventanas. Un tubo por el que las cartas caerían hasta la planta baja, donde funciona (aún hoy) algo que entiendo que se como una estafeta postal, con codigo postal propio y todo.

Estas son las cosas que me apasionan. No que hubiera una estafeta, sino que alguien pensara construir un tubo a lo largo de los seis o siete pisos del edificio (no recuerdo cuántos pisos tiene exactamente), de vidrio y metal, que no rompiera con la estética del edificio. Y estamos hablando de 1903. Y creo que ahí hay una punta más de por qué me apasiona. Ese edificio nació con mi abuelo y mi abuelo falleció en la época de las cartas, aunque ya había telegramas y esa cosa que nunca comprendí bien qué era llamada telex.

Pero la veo yo, nacido poco después de mitad de siglo 20, que me comuniqué por carta durante treinta años al menos para pasar al e mail y pienso, ¿qué pasaría si todo lo que quedara obsoleto desapareciera?

¿Desaparecería este tubo? ¿Estarían desapareciendo los caballos? Imagino un mundo donde ciertas cosas desaparecen así, tipo película, dejando el vacío donde estaba, ya sea porque aparecen cosas nuevas o porque todo eso, material en algún momento, se convirtió en digital y no es palpable. Desaparecerían los libros, los adornos en los edificios, los colores de los autos, los zapatos de suela, el smoking, los jeans nevados, las all star y los cassettes, por decir algo.

Y si bien me parece que es lógico y bueno que el mundo evolucione, siento que de alguna manera nos vamos desmaterializando, vamos perdiendo palpabilidad por una representación virtual de algo similar y que cumple la misma función. Pinturas convertidas en pantallas hermosas e inmensas pegadas a la pared, me sirve como ejemplo básico.

Y pienso si esa pérdida de estructura no se está trasladando aún más, al punto que gran parte de nuestra vida transcurre en un lugar que no podemos determinar (¿cómo le describiría internet a mi abuelo?) y la gente joven más aún, al punto que, se me ocurre ahora, siento que por momentos el cuerpo les estorba, por lento, por limitado, por quemar combustible, por tener que mantenerlo.

Sé que me fui a la banquina, como siempre. Pero creo que no tanto.

¿O solo yo conozco gente que sería súper feliz si pudiera estar conectada día y noche, trabajando, jugando, viviendo en un mundo etérico?

Los abrazo


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