
Rigidez en el cuello, en una rodilla, en la forma de pensar o, también, de cómo veo las cosas. Rigidez en las creencias, en los “supuestos”, en los “debería”, incluso en los “quisiera”.
Y, no sé si por causa de Urano en Géminis, porque el mundo cambió o porque me toca aprender algo nuevo, las rigideces se ponen más rígidas aún, como pidiendo que las vea.
Es obvio, lo sé, para eso son, pero ¿no se da cuenta la rigidez que hay que intentar arreglar un lavarropas, buscar algún ingreso alternativo o hacer la comida?
Y ella, haciéndose la dura, responde: ¿y no te das cuenta que es invierno, que hace frío, que hay que guardarse, relajarse y descansar, tomarte un respiro, un tiempo y acomodarte a la estación?
Y lo bizarro tiene un límite y es éste.
Miro las hojas, tapando la acequia que en algún momento andaba, repletas de gotas de lluvia (si, de cuando llovía), flotando y meciéndose suavemente, dejándose llevar, flotar, sostener, por algo más grande que ellas, algo que viene de lejos y sigue su camino mucho más lejos aún. Y quedan ahí sin pensar, juzgar, calcular ni, mucho menos, sentir cómo pasa el tiempo mientras.
El invierno me hace entrar un poco más en los pensamientos, pero siento que entre tantas cosas que no sabía o que me hace falta comprar, según me dicen las redes, prefiero estos momentos de paz para mirar, simplemente, qué me cuentan esos pequeños reflejos, compañeros de aventura en estos tiempos.
Los abrazo y les deseo hermosa semana.

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