La plaza de mi pueblo.

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Camino por una senda en medio de la montaña de una de las regiones menos habitadas del mundo. No puedo afirmar que la montaña es virgen, ya que si hay una senda es que antes hubo alguien que la caminó, pero podría no haber sido así. Sin embargo, delante mío van unas quince personas. Y detrás mío también. Y pienso en la extraña situación de necesitar salir con tanta gente a la montaña para disfrutar de la “tranquilidad”, para hacer ejercicio, para conectarse con el mundo real.
Muchos amigos me dicen que no les interesan estas salidas tan numerosas, que prefieren salir en grupos más reducidos. Y estoy de acuerdo, salvo que últimamente noto que mi fuerza de voluntad para salir de la cama calentita en pleno invierno es noventa y ocho por ciento nula, por no decir cien por ciento y necesito este compromiso con el grupo para no fallar y de esa manera vencer la fiaca matutina.
Y es en medio de esta senda donde recuerdo la plaza de mi pueblo, como me gusta decirle al barrio en que nací. Una plaza de cuatro manzanas, lo que da unos ochocientos metros de perímetro, en la que cada tarde pueden verse unos cientos de personas caminando o trotando dando vueltas a la misma. Cada día de cada época del año (sí, puede que en invierno haya menos), generalmente a la tarde después de la merienda, acuden cientos de personas, dando vueltas, siempre para el mismo lado, y esto hace más de cuarenta años.

Nunca entendí bien qué era lo que reunía semejante multitud que, con la intención de hacer deporte, iban a dar una, dos, diez vueltas a la plaza. No creo que fuera el aire puro, ya que este a lo sumo estaría dentro de la misma y no en la periferia donde se convive más con los autos que circulan alrededor que con los inmensos y hermosos árboles que están dentro. Reconozco que lo bueno es que no hay que parar en cada esquina para cruzar y el movimiento es continuo. Calculo también que tiene mucho de ver y ser visto, ya que al ir los cientos casi todos los días todos se conocen, se saludan, se miden, se miran. Admito que lo de salir a correr nunca fue lo mío así que pocas veces participé de aquel rito.
Pero cuando me encontré en medio de la montaña con otras veintinueve personas comprendí que, en ambos casos el resto de la gente es lo que te compromete, lo que te arrastra a cumplir, a vencer la resistencia, a competir con estar tirado frente a la televisión, leyendo un libro o durmiendo la siesta cuando no te tocó ser un paladín de la fuerza de voluntad en lo deportivo.

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Comentarios

  1. Leo:
    Hace exactamente 40 años, después de que se me cortara el tendón de Aquiles, luego de 2 operaciones y un año de distintos yesos dejé de jugar al Fútbol y comencé a correr (en el sentido contrario a las agujas del reloj) en esa plaza que hoy evocás de 800 metros de perímetro. En realidad 750 metros porque corría por el pastito para minimizar el impacto.
    Al principio éramos muy pocos y me daba cierta vergüenza, tanto que corría con pantalones largos…
    Pero en la medida en que la cosa se fué haciendo más multitudinaria, aparecieron las primeras mujeres trotando y alguno más veterano incluso que yo, un día decidí volver a correr con los cortos… y el placer de sentir de nuevo el aire en las rodillas hizo que valiera la pena a pesar del smog de los autos. Una evocación que moviliza. Una “vuelta del perro” aeróbica.
    Un abrazo.

    1. Upa, no pense en tener la opinion de uno de los creadores de la vuelta a la plaza!!!! Todo un honor, gracias.

  2. Alberto Avatar

    La mayoría de la gente y todos los vehículos girando en sentido levógiro.

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