
Quizás siempre fue igual, pienso ahora. Quizás siempre el tiempo se escurrió sin que me diera cuenta, sin que lo notara siquiera. Me cuesta volver cuarenta años atrás a ver como eran mis días, mis jornadas.
Pero hoy, esa continuidad entre levantarme, desayunar, trabajar, ejercicio, almuerzo y una tarde que se esfuma para encontarme cocinando para la cena y de ahí un ratín de digestión y a la cama de nuevo, no sé, siento que falla en más de una cosa. Pero no logro encontrar dónde está la punta del ovillo para resolverlo. Y sé que no soy el único. Por eso lo escribo.
Y por un momento siento que no cambió realmente la duración del día, sino que cambió la posible duración del futuro. Pasó de eternidad a finito. Y cada día, se siente más finito.
Pero el problema no es que la vida se termine, sino qué hago con lo que me queda de ella. Y ahí es donde al llegar cada noche siento que algo no me termina de cerrar.
Propósito.
Creo que por ahí va la cosa, pero jamás imaginé que sería tan difícil establecer una idea firme y convincente acerca de esto.
Pero mientras lo investigo, transcurro…
Los abrazo

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