Arte hoy.

Hoy, domingo, leía una entrada en el blog de Austin Kleon donde, transcribe un pedacito de un vídeo del crítico de arte David Sylvester, de 1969 en el programa de la BBC The Visual Scene (el episodio \”Playing it Cool\”) hablando de los peligros de que los artistas trabajen demasiado a la vista del público, que dice:

\”Hay que dejar que los artistas pasen por malas rachas. Se les debe permitir hacer un mal trabajo. Deben poder meterse en líos. Deben poder hacer experimentos fallidos. También se les debe permitir que tengan periodos en los que se repitan de una manera bastante infructuosa y sin rumbo antes de que puedan levantarse y seguir adelante. El tipo de atención que reciben ahora, el tipo de atmósfera de excitación que acompaña hoy en día a la creación de obras de arte, la forma en que todo se hace demasiado a la vista del público, es realmente demasiado. Las presiones son de un tipo anti-creativo.\”

Y esto, obviamente, me disparó ideas y, si, como soy yo, también autocríticas, culpas, explicaciones y encuentro de nuevos sentidos, todo en el mismo momento! 🙂

Porque sin darme cuenta quizás (o quizás si), puedo puedo decir que mi arte colabora en la economía familiar desde hace diecisiete años ya, a veces de forma más notoria y otras veces menos. Es decir, vivo haciendo arte hace diecisiete años ya. Y este lapso es largo, muy largo en lo que fue mi vida profesional, ya que en salvo el último trabajo donde estuve como cinco años, en los anteriores no recuerdo haber pasado nunca de dos o tres años.

Pero desde ya, amando la fotografía como lo hago desde chico, nunca lo vi como un trabajo. Escribiendo desde los diecisiete años, escribir tampoco fue un trabajo, sino una forma de comunicación conmigo mismo y con la gente (cuando publico). Escribí mi primer libro a los veintidós o veintitrés años. El segundo lo terminé a los treinta y seis. Vendí más de 22.000 fotografías impresas y más de 37.500 guías visuales para reconocer la naturaleza. Pero acabo de darme cuenta que fue recién cuando empecé a pintar con acuarela (para lo que tuve que empezar a dibujar), cuando empecé a darme cuenta que soy artista, no un diseñador que fotografía o un científico que escribe. Todo lo contrario, soy y siempre fui un artista que diseñaba o un artista bueno para las matemáticas (si es que eso es posible), un artista con gran capacidad de estrategia y hasta bueno en programación de bases de datos también. Mezcla rara, es verdad y que, posiblemente, fue lo que hizo que el verme como artista solo se retrasara unos cuarenta años.

Y acá estoy ahora, diciendo que soy artista y poniéndome colorado al momento en que lo escribo. Porque siento que la palabra me queda demasiado grande. Sin embargo, al leer la siguiente entrada de Kleon, algo se despertó dentro mío, porque representa perfectamente lo que siento cada día.

Los artistas trabajamos a diario, ya sea en nuestro taller, atelier, estudio o como sea que llamemos el lugar que encontramos para trabajar y dentro de él, nos debatimos entre dos mundos: el trabajar nuestra obra, conectados con nosotros mismos, con las musas, la inspiración divina o lo que sea, llenándonos de energía bella o destrozándonos de frustración por no conseguir el resultado que esperamos, pero intentando una y otra vez lograrlo, y también está el otro mundo, el saber que tenemos que salir al mundo a mostrar lo que hacemos, lo que creamos, lo que queremos expresar, porque nos urge decir algo, necesitamos entregar algo.

Soy de la idea de que hay algo raro en el artista que no muestra su obra. Siento que está más cerca de la terapia que del arte, más cerca de la paja que de la expresión de su visión o de su interior.

Y es al pensar cómo mostrar lo que hacemos que empieza lo raro. En otra época era conseguir un lugar donde exponer, gastar un dineral en preparar la muestra, un poco más en la inauguración y luego conseguir que fuera alguien a ver la obra. Desde ya casi nadie compraba nada, pero bue, era parte del juego. Hoy cambió, hoy no invertimos nada, mostramos en las redes lo que hacemos y si, puede que llegue a mucha más gente y el mensaje o eso que queremos expresar, generalmente lo verán más personas que antes. Sin embargo, este mostrar cotidiano y sí, hablo de las redes sociales, genera otras cosas paralelas como ser, por un lado la gran difusión a personas que no podrían conocernos presencialmente por vivir en otros lados lejanos, por ejemplo. También la simpleza y facilidad de palabra que tienen los espectadores quienes, la mayoría de las veces, por suerte, responden con comentarios agradables y alentadores o gestos que también dan ánimo. Pero el otro lado de todo esto, es la inmensa presión que pone esta nueva forma de mostrar nuestro trabajo y realmente de eso quería hablar (si, sé que batí mi record de vueltas para llegar al punto, sepan disculpar….)

Antes entre muestra y muestra uno podía mejorar o empeorar su obra, lo que hacía que la muestra fuera mejor o peor. Igual que un disco para una banda de música, podrían hacer tres grandiosos pero si el último era malo, les daban como si no hubiera un mañana. Pero en los viejos tiempos, nadie te defenestraba por eso, ese disco era algo que se olvidaba cuando llegaba el siguiente.

En este mundo, en cambio, el ascenso es tan rápido como el descenso. Uno puede tener muchísimos seguidores un día, el siguiente y el siguiente, pero cualquier evento hace que se esfumen de golpe y no vuelvan más. Evento? Si, puede ser que no se te ocurra nada nuevo, puede que te vayas de vacaciones o que se te rompa la compu o el celular. Con eso basta. Porque la mayoría de nosotros ya no dependemos de nuestros nombres y nuestras obras sino de algoritmos ajenos a nosotros. Y eso lo comprendí hoy, por enésima vez, al darme cuenta que ya no veo trabajos de amigos que admiro, porque no me aparecen en el lapso de tiempo que puedo dedicarle a las redes. Aunque también lo vi en un momento en que bajé a menos de un quinto de la gente que ve mi trabajo posiblemente por haber dejado de publicar por un par de semanas.

Y es inevitable, para muchos de nosotros, estar todo el día pensando qué publicar, qué contar, qué mostrar, qué decir. La creación pasó a ser una necesidad para no desaparecer, una obligación, un trabajo molesto, tedioso y, muchas veces, sin alma. Y pienso, ¿cómo sigue esto?
Por qué o cuándo elegí sumarme a un mundo en el que tengo que auto exigirme publicar, agradar, contentar, satisfacer, acompañar o aconsejar a cambio de…

Y ahí de nuevo. ¿A cambio de qué?

Quiero aclarar, por las dudas, esto no va de crítica ni nada cerca de eso a mis seguidores o lectores cotidianos. Todo este texto le habla a los artistas, a los fotógrafos amigos, a los pintores que conozco, a los músicos, a todos, todos los artistas que conozco. Es una forma de decirles y contarles lo que siento porque posiblemente, ellos, ustedes, también lo sientan.

De alguna manera, en este hermoso e inmenso mundo de la hiperconexión, terminamos todos queriendo dar talleres y cursos que jamás quisimos dar, regalando arte que siempre juramos que no regalaríamos, reprimiendo palabras por no ser defenestrados o abandonados, inventando productos que, muchas veces, están más cercanos a la prostitución que al arte. Y todo esto por temor a lo que puedan decir, muchas veces, personas que no se atreven ni a enfrentarse con su propia vida, algoritmos que tienen meno de humanos que quienes los escribieron…

Me explico? Se entiende lo que quiero decir?

Mi arte es tan malo como el momento que vivo cada día. O tan bueno. Tan profundo o superficial. Mi arte es el del día, es la palabra que me sale, las entrañas a flor de piel o los colores que me llevan a enraizarme un poco para no escribir tanta huevada.

Y les agradezco muchísimo a aquellos que siempre están aquí. Y también a aquellos que solo ven las figuritas. Y a los que ven a ver en qué ando, porque se preocupan algunos o porque quieren ver qué idea les disparo (como yo hago con Austin Kleon y tantos otros).

Estoy para eso y mucho más.

Y, a veces, no estoy porque es parte de todo este juego llamado arte.

Y a veces puedo agradar. Y a veces no. Y también es parte del juego.

Y los quiero. Y los abrazo. A todos. Y más aún a los que llegaron hasta acá abajo.

Sat nam.

Entrada original de Austin Kleon: https://austinkleon.com/2023/05/07/artists-must-be-allowed-to-make-bad-work/


Comentarios

  1. Tal vez te estás empezando a encontrar?
    O a encontrar las palabras que describan ese encuentro?
    Como diría el tango: “20 años no es nada”…
    –y 40?… son 2 tangos.
    Me gustó… y creo que te entiendo.

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