Siete de junio. 2020. La cuarentena ya se hizo tan larga que no sabemos si estamos en el día ochenta o setenta y nueve u ochenta y dos. Y no es importante realmente, salvo para las estadísticas.

Un poco más de dos meses y medio. Esperando. Esperando una solución o un problema, no sabemos todavía bien cuál llegará antes. Mientras esperamos.
Y agradezco pasarlo en casa, acá en la Patagonia, donde para cruzarte con una persona a menos de tres metros tenés que hacer un esfuerzo casi. Sin embargo nos mantuvieron adentro, guardados, cerrados y aislados.

Y el pueblo de al lado, el grande, el que tiene los negocios, quedó prohibido, separado, del otro lado de la frontera, por pertenecer a Río Negro. En El Bolsón quedaron las medialunas, el aceite de oliva rico, algunos suplementos vitamínicos, los médicos y las farmacias que trabajan con nuestra obra social.

Y entre ambos pueblos, se levantó un inmenso muro imaginario que impide el paso, el contacto, que impide que familias separadas se junten, que hijos vean a sus dos padres y que mucha gente pueda trabajar.

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Y es tan restrictivo, que el muro se llenó de agujeros, agujeros que todos conocen pero que nadie nombra, no sea que los cierren. Agujeros escondidos para que el inoperante de turno en el gobierno no cierre desde su castillo amurallado a ochocientos kilómetros.

Mientras, nosotros, aquí, seguimos con una vida que en apariencia no cambia en nada, salvo que las horas desaparecen mágicamente y con ellas los días y semanas. A pesar que los tres trabajamos a brazo partido (no confundir trabajar con cobrar, son cosas muy diferentes) los días se desvanecen.

Cada jornada dibujo, escribo, adelanto un proyecto de libro, camino una hora, hago meditación o relajación un rato, cocino, licúo y leo. Y así pasa cada día hace ochenta días. Y pienso cómo hubiera sido sin pandemia y hubiera sido casi igual, pero quizás se hubiera sentido distinto. O quizás no.

El año pasado fue el primer año sin nuestra niña en casa, se fue a estudiar a la universidad y fue un año duro. Siempre dije que me parecía hermoso que estudie, duela lo que duela en uno. Y este año la nena estudia en la misma universidad pero sin irse de casa, al punto que no sale hace casi tres meses. Y luego dicen que los deseos de uno no se escuchan! Y casi tres meses sin discutir horas de salidas ni de vueltas, ni de jodas ni de bailes ni nada!
2020, qué año raro, joder.

Un año donde si salgo a la montaña a caminar lo hago en contravención por miedo a contagiarme un virus de un humano que no veré ni aunque quisiera.
Un año donde mi teoría de que siempre habría turismo se me fue al tacho y este se detuvo al cien por ciento.

Un año donde casi todos los trabajos superfluos se detuvieron y muchos no tan al pedo también.

Un año en el que el mundo natural revivió, en el que la tierra se va limpiando de nuestra mugre. Tendría que estar terriblemente feliz por esto! Realmente se pudo parar la contaminación extrema, pero no se, no me sale la sonrisa ni a patadas.

Porque siento que es un año en que nos sentamos a esperar que nos dejaran levantarnos de nuevo. Fue como un largo “gran hermano” donde no se hace nada hasta que termine.

Pero hace mucho escuché que el mensajero se va cuando el mensaje fue entregado, y siento que nadie agarra el mensaje, nadie se hace cargo.
Esperamos.

Simplemente esperamos que termine para volver a empezar con lo de siempre, con lo que nos aburre, nos molesta, aquello que no podemos cambiar, porque es así, y qué hago si no voy a laburar y las dos horas de viaje al laburo y vuelta y el bondi lleno y el subte a rebalsar y el jefe hincha pelotas y al final no era tan malo como quedarme en casa todo el día mirando el techo, el ventilador o Netflix. Y, de alguna manera, hoy queremos ser todos planeros, todos nos quedamos sin laburo o no cobramos nada o se nos fueron a la mierda los costos y necesitamos ayuda del gobierno, del estado, de nosotros, de alguien menos…

Y me cansa. Siento que el el mismo canto de siempre. Y es un canto que no sé cantar. Mi problema es el futuro. O el pasado. No logro dejarlos ir y ese es otro trabajo de estos días de encierro.

Y en eso estoy, mientras retoco fotos de otros otoños, mientras dibujo cosas, ciudades vacías, pueblos pintorescos, espacios imaginarios, mientras bajo libros y libros por si esto es eterno, mientras hurgo en nuevas artes para ver si con alguna de ellas logro sacar eso que siento, ese agujerito que tengo dentro y que muchas veces me cuesta llenar.

Lo siento. Es así. Palabras al aire. Sensaciones que vivo cada día.


Comentarios

  1. Marta Fernandez Ridano Avatar
    Marta Fernandez Ridano

    Aceptar el momento y sacarle partido. Creo que lo peor de todo esto es la falta de trabajo para mucha gente, lo demás ya pasará. Si las pandemias se dan cada 100 años como dicen, podemos mirar ésta como una limpieza general que nos viene como regalo, aprovechémosla. Las cosas por algo se dan, busquémosle el sentido.
    Feliz cumple! En éste no estaba programado tener a Ale en casa.
    Un beso grande!!

    1. De una. Sera verdad Lo de cada 100 años?
      Abrazo y gracias.

  2. Alberto Avatar

    Sin palabras!

  3. Carlos Enrique Fernandez Ridano Avatar
    Carlos Enrique Fernandez Ridano

    Hola Leo, muy buen articulo  el tuyo, muy real y duro. Si me permitís lo comparto con tu link y de paso quien lo mire va a ver que haces,Espero que encierre aparte estén todos bien y aprendiendo un nuevo modo de vivir que al fin y al cabo es como era en los años 1800, pero con Netflix y celular, al pedo, pero mejorando las relaciones y ver por cuantas pelotudeces se discutía antes de.Que tengan lindos días de felicidad y paz. Besos a todos y fuerte abrazoCarlos

    1. Adelante Carlos, hn gusto que lo hagas.
      Imagína que vivieras en el campo como Lo hiciste hace muchos años. Bien la cuarentena acá es igual, no hay tanto cambio.
      Creo que sufrir la cuarentena es directamente proporcional al nivel de vida artificial que cada uno tiene (salvo los enfermitos que de tanta tecnología ya viven en un mundo paralelo).
      Abrazo y disfruta de tus plantas!!

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