Susurros del bosque. Vs. 3.

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Alrededor de fin de mes, en junio pasado, voltearon la antena de la provincia del Chubut donde estaba la repetidora o la antena, no sé bien cómo se llama, que nos proveía de internet en casa.

Los medios dijeron que fue un atentado del R.A.M., gente acá dicen que fue Macri que vino y la empujó el mismo. A mi mucho no me interesa ni me cambia quién haya sido, salvo el pequeño detalle de dejarnos sin internet durante dos meses, el primero de los cuales fue el que nos dimos para ver si nuestra compañía podía solucionar el problema, pero viendo la tranquilidad y pasividad ante el asunto, salimos a buscar otro servicio que vino a ver si era factible y luego a instalarlo. Cosa que ocurrió el viernes pasado. Fueron casi dos meses sin conexión a una red de internet.

Si, además de esto, tenemos en cuenta que la compañía de celulares que brinda servicio en la zona de casa tiene solo 2g y malo, podría decir que en dos meses no tuvimos conexión de ningún tipo, salvo cuando íbamos a los bares de El Bolsón a laburar. Y esto, es un poquito lo que quiero contarles hoy, cómo es la vida actual sin internet.
En lo familiar fue simple, nuestra hija se fue de casa por dos meses y volvió el viernes. Je, no, sufrió como una loca pero se las fue apañando. Desde ya que no puede concebir un mundo sin conexiones.

En lo personal, admito que hasta me gustó casi. No pasa mucho tiempo para que el celular vaya quedando de lado, ya que pasa a ser un teléfono de los viejos y que, en mi caso, además anda mal. Más tiempo para leer, para pensar, para charlar.
Ahora en lo laboral fue increíble. Ya de por sí no venía en mi mejor año, pero esto fue un mazazo impresionante. Las primeras dos semanas, sufrí muchísimo, ya que veía cómo iban diluyéndose ciertos posibles trabajos, al no poder responder inmediatamente. O darte cuenta que un mail o un pedido quedaba colgado por dos o tres días y ya lo habían resuelto. Justo estaba volviendo al diseño web. Je, diseño web sin internet. Horas de estress en los bares intentando resolver problemas o sentarte en un café, pedir algo para tomar y ahí darte cuenta que tampoco les anda el servicio. Me apoyé mucho más en el teléfono, llamando clientes. Y ahí fue cuando, quince días después de lo de la antena, dejó de funcionar como correspondía. Llamados que no entran, mensajes que llegan doce horas más tarde. Gente que no entiende que sin internet no hay whatsapp. Y uno, sabiendo que la culpa de que no tenga conexión no es de ellos, no tienen por qué fumarse mis asuntos ni tenerme paciencia.

Para el decimoquinto día, cuando me di cuenta lo del celular, reclamé y me dijeron que me joda, me di cuenta que la cosa iba por otro lado. Mensaje divino. Karma que pagar. Algo así. Que de golpe, en el peor invierno, me dejen incomunicado, es por algo. Así que dejé de pelear contra la corriente e intenté unirme a ella. Sólo haría laburos que no necesitaran conexión. Es decir, productos míos. Que yo pudiera diseñar más o menos solo. Y con eso fui ocupando mi cabeza y mi tiempo.

El viernes volvió la conexión. Recién ayer me puse a ver dónde quedé. Dónde quedé en mi web, en las redes sociales, en las estadísticas. Y si, obviamente, se fue todo al tacho. A ver, repito por las dudas, yo ya venía largando la toalla lentamente, aunque había levantado un poco en Instagram y en una de las páginas de Facebook, el resto venía cayendo, pero esto fue jodidamente serio.

Ahora. Cómo se sigue en estos casos? Realmente lo que hoy me interesa es esta pregunta, el saber si vale la pena remontar, vale la pena surgir desde las cenizas o darte cuenta, finalmente, que somos super efímeros? Que hagamos lo que hagamos, con muchísima suerte podamos tener el tiempo que tarda una banana en pudrirse de gloria ante una “pegada”, cosa que podría definirse como una foto que gustó mucho o una entrada que se viralizó.

El mundo digital es tan basto y ruidoso como vacío, como efímero. Poco vive realmente, más allá de un código binario que yo, puedo interpretar como tu palabra o tu gesto. Agradezco haber vivido muchísimos años de vida real. Agradezco haber tomado la decisión de mejorar mi vida real antes de que existiera esta nueva idea de “mejorar” la vida a través de la virtualidad.

En el mundo antiguo, casi nadie podía entrar entre los grandes de la fotografía, era dificilísimo publicar en una revista o entrar en un banco de imágenes. Uno, casi ni soñaba con eso, simplemente agarraba la cámara y salía a fotografiar. O se sentaba ante un papel y escribía por horas, por días, de ahí a convertir en libro, la idea que teníamos, era una realidad realmente complicada. Lo que veo, luego de tantos años en el medio, es que hoy estamos exactamente igual. Hay más oferta, menos demanda, más canales, menos puntos de venta reales. Hay mucha competencia, demasiada. Y está buena, salvo que quieras laburar de esto, ahí está re peludo. Y uno tiene que ser un hombre de negocios, no un artista o sí. O los dos. No lo sé realmente.

Y también entendí, en estos dos meses, que no puedo ser alto, con pelo y ojos claros. Que no soy formal, que no soy un “hombre de negocios”, que no miento, que soy demasiado racional, que a veces me quejo mucho pero me doy cuenta e intento evitarlo. Comprendí que el noventa por ciento de las fotos que veo me parecen una bosta pero que a quienes las hicieron no y que eso es lo que vale, que el mundo está dando un giro que no entiendo y que mucho no me importa, salvo en el cambio en sus valores. Que sigo creyendo que la gente es buena per se, toda, que la mayoría hacen lo que se les canta el huevo, y está bien. Y que van a seguir cazando aunque yo les diga que está mal, porque tienen tanto derecho a creer que está bien como yo que está mal y a contaminar y traficar especies y personas, y cada uno creerá en lo que cree y que yo, tengo que agradecer por haber llegado hasta donde pude llegar en el mundillo este, el digital, con mis creencias, con mis fanatismos, con mis fotografías. En este intento de llevarlos a sentir que la naturaleza es más que un concepto, es mucho más que una idea. Es muchísimo más que el papel donde está pintada la humanidad.

Los queridos amigos de Coopetel, junto a los mapuches o a Bullrich, no sé, me dieron la oportunidad de empezar de nuevo. Casi de cero.

Angustiante.

Pero terriblemente desafiante.

Puedo redefinirme, reencontrarme. Puedo expresarme ya que sé que se van a ir prontito, cuando se pudran. Y está bien, recontrabien que así sea.

Así que bienvenidos a Susurros del bosque, versión 3.


Comentarios

  1. Gastón Avatar

    Exitos en este nuevo comienzo!!!! (el 3 es un buen número, jeje)

  2. Alberto Avatar

    Con el tema del día del niño, me llegaron un montón de mensajes para convencerme que todo lo de antes era mejor. Mo me convencieron. Eso fue. Ahora es diferente. Es así. Lo acepto y trato de verlo bueno o mejor. Y vamos para adelante.
    Suerte. Mucha suerte.

  3. Eduardo Laurencena Avatar
    Eduardo Laurencena

    Leo: Siempre te “leo” (no me había dado cuenta de la coincidencia) cuando la vorágine del laburo me da tiempo para tomarme un mate mirando el jardín como en este glorioso domingo de invierno.
    Y trato de entender tus pensamientos a través de las palabras (alguna vez te comenté que estoy convencido de que pensamos con palabras). Y creo que es cierto que somos una chispa, un instante entre dos eternidades, pero que tal vez esa chispa es lo que le de sentido a ambas…
    Estoy de acuerdo con el perdón porque al primero que enaltece y pacifica es al que perdona, pero discrepo acerca de que eso implique que esté bien cazar, contaminar o depredar… como diría la genial Eladia en su tango “a un semejante”: es un asombro, tener tu hombro, sentir tu mano fraternal, saber que siempre para vos el bien es bien y el mal es mal… o algo así.
    Adelante con el nuevo instante y la nueva chispa, pero por favor no dejes de sacar fotos que es tu lenguaje, más allá de las redes, las webs, los whatsapp y esas vainas…
    Si puedo con mis escasos recursos cibernéticos te adjunto lo de Eladia a tu correo si es que funciona.
    Abrazo.
    Eduardo.

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