
Pensaba en el tiempo, cómo sigue desapareciendo el día tras pequeñas ocupaciones que no pondría en mi agenda pero que van consumiendo minuto a minuto mi día. Porque si sumo las que sí escribiría, no suman cuatro horas.
Siempre pensé que en Buenos Aires mi día se perdía en el bondi, el tren, o en los traslados en sí. Que una máquina especial y moderna me quitaba horas cuando me subía al subte. Y ahora, comprendo que ahogaba esa sensación quedándome despierto hasta las dos de la mañana como mínimo, aunque tuviera que estar en el laburo a las nueve del día siguiente (si, nunca llegué a las nueve me parece recordar) y a costa de la fuerza de la juventud.
Pero no, quizás no eran los traslados, sino aquellos momentos en que no estamos haciendo lo que queremos hacer y, justamente por eso, nos apagamos y dejamos que lo haga el cuerpo o, a lo sumo, el personaje en modo automático. Digamos que es como si el verdadero ser estuviera dormido y, por eso, el tiempo se esfuma como cuando uno descansa a la noche (y tiene la suerte de no despertarse a cada rato por algún tema).
Y lo siento ahora que ya no tengo ganas de dormir tan poco “para sentir que mi día duró un tiempo razonable”.
Así que no queda otra que estar un poco más consciente en las huevadas diarias, me parece. Estar presente. Y sí, sé que lo escribieron muchos, pero bue, una cosa es leerlo y otras hacerlo.
¿A alguno le pasa o soy yo solo que ando con un problema de descalibración de velocidades?
Los abrazo.

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