
Miro por la ventana y el Acer ya está colorado. Y uno de los pellines pasó por el amarillo ya, mientras el ñire se colorea.
Y al mirar me doy cuenta que ya pasó otro invierno, otra floración, otro verano, otro incendio y de nuevo otoño. Y si bien me encantan los colores del otoño, siento que están pasando demasiado rápido. Que me estoy perdiendo de algo en medio de tanta vorágine.
Que no estoy comprendiendo algo de este juego extraño de la vida.
Y si bien cada año que pasa voy comprendiendo cosas nuevas, también voy encontrando nuevas curvas, nuevos pozos y más de una vez no sé para dónde rumbear directamente, qué camino seguir.
Porque muchos aprendizajes que creemos que son caminos de vida no son más que herramientas para el camino en sí. La fotografía, el dibujo, la pintura, los registros, lo que fuera que uno va aprendiendo y aplicando, pasa también. Se junta como parte de un bagaje hermoso, inmenso y nos da herramientas para lo que viene. Pero siempre viene algo para lo que la herramienta no alcanza o me falta la capacidad de comprender qué herramienta usar y vuelvo a empezar, a buscar, a sentir, a imaginar qué es lo que está faltando.
Y siento que caí en un espiral medio bobo y obvio. El mío es el de buscar, pero el de otros quizás es el de no hacerse cargo, o esconderse tras la escasez, la injusticia, la excusa, la víctima o lo que fuera.
Y así pasan los otoños.
Cada vez más rápido.
Y esto es a lo que llego hoy. No es mucho, pero tampoco poco.
Los abrazo.

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