Naturalmente.

Leía un libro de nutrición energética y curación en el que habla de que el cuerpo tiene la capacidad de curarse solo. Si lo dejáramos. Al menos en lo que se refiere a eventos no traumáticos.

Y pienso en todo el ego que le hemos puesto al mundo que ya existía, para cambiarlo, modificarlo, mejorarlo y hacer que funcione más a nuestro modo, que sea más cómodo, más amigable, pero sin entenderlo aún.

Siento que de alguna maera somos buscadores de enemigos, siempre mirando con desconfianza al que se acerca o al perro que está allá, la araña, la avispa, el hongo que puede ser venenoso, el vecino que no poda y me prenderé fuego por su culpa, el que va a 180 km por hora, el que va a 30 km por hora, la víbora que tiene veneno, el mosquito tal o cual, un virus, la enfermedad en sí o los veganos. Si, también los palestinos e israelíes, el gobierno de turno o el opuesto, los colectiveros y tacheros, el clima que hace que llueva mucho o el sol que me destroza de calor.

El enemigo me permite lavarme las manos, ser víctima y no culpable, me permite enjuiciar, suponer.

Me siento ante el arroyo que baja de la montaña. Como bajaba hace diez años, treinta, cien, mil quizás. Y el pueblo está ahí porque está el arroyo. Y no es al revés.

Aunque a veces lo olvidamos.

Los abrazo.


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