Recién leía, en el excelente libro “Arte y miedo”, del experimento que se hizo entre dos grupos: donde uno buscando la perfección de la obra y el otro, en cambio, tenía que hacer cantidad, en el caso del experimento, eran vasijas de cerámica.
Las mejores vasijas fueron de los participantes a los que se les pidió cantidad, sin exigírsele calidad, pues ésta fue puliendo sus habilidades y “casi” sin darse cuenta llegaron a alcanzar una excelente calidad, a fuerza de repetición y nuevos intentos corrigiendo errores.
Traigo esto hoy porque creo que también puede aplicarse a la fotografía.
O a la vida misma, en su día a día, en cada cosa que uno hace.
Nunca, pero nunca, hasta ahora, experimenté que la meta es lo que trae la satisfacción, la completitud, la plenitud, sino el camino, el intento constante por llegar a esa meta es lo que nos completa, lo que nos ilumina, nos hace brillar, aunque en medio muchas veces haya llantos, frustraciones y dolores.
La respuesta está en el camino.
Por eso, que las metas te sirvan como recorrido, solo para patear la meta un poco más, después, cuando veas que llegas, que las metas sean tu faro, no tu muelle.
Si aún no compraste mi idea, voy con un ejemplo más: la vida.
Lo que vale, lo que sirve, a lo que venimos no es ni el nacimiento ni la muerte, sino todo lo que transcurre en el medio.
Y en ese medio, te veo.
Abrazo grande!


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