El momento justo.

Ayer, tras un largo día intentando terminar algunos cambios de la nueva versión de la Guía de arbustos del bosque, luego jugando al zinguero arriba del techo de casa para terminar el día como colocador de cortinas, mi musa encontró un honguito de lo más raro y delicado en el jardín de casa.

Venciendo mi cansancio busqué el equipo porque realmente no lo habíamos visto nunca y era por demás interesante.

Así que llegué al lugar, me arrodillé en el suelo, armé el trípode bien bajito, puse la cámara, saqué la tapa y zaz! la cámara se movió descabezando al hongo.

Lo miré. Me reí. Comprendí que hubo un momento perfecto para hacer todo esto y que tuve la suerte de aprovecharlo, que si bien me sigue encantando sacar fotos, noto que ya no tengo la paciencia, la elasticidad, la fuerza y, sobre todo, la energía para dedicarme como antes.

Igual lo dejo en estudio. No digo que ya no se pueda, sino que  debo ser realista y darme cuenta que ya no lo puedo hacer como antes, donde iba saltando de un motivo al otro, foteando concentrado…

Y digo que me reí, porque ya lo vengo notando.

Sin darme cuenta pasaron veinte años y si bien agradezco poder seguir recorriendo la naturaleza, mirando y buscando cositas para fotografiar, no solo mi cuerpo cambió, sino que mis intereses también. Mi mirada. Mis silencios. Mis creencias. Mis objetivos.

Y en el momento en que me olvido de eso, cuando creo que soy el mismo de hace diez años es cuando quedo doblado de las lumbares, me encuentro cosas que no quiero hacer o descabezo un hongo. Y no solo eso, sino que pierdo otras cosas que sí disfruto ahora.

En el momento en que vivimos, donde hay una pequeña intención de hacernos creer que todos vivimos la eterna adolescencia, es más difícil comprenderlo. Pero hay un tiempo para todo.

Y no es una obligación respetarlo, sino solo una sugerencia del universo.

Los abrazo.


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