Vivo en un pueblo que florece en noviembre. Rosas, blancos, amarillos, explotan a medida que la nieve deja las montañas que lo rodean.
Vivo en un pueblo con gente que no entiendo, repleto de gente que no entiendo, al punto que puedo ser yo el que tiene un problema de entendimiento y no ellos.

Vivo en un pueblo que marcha mensualmente para protestar por algo que le molesta o pedir algo que le falta. Aunque no es el pueblo el que marcha, son unos poquitos que hacen mucho ruido.

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Vivo en un pueblo donde la gran mayoría de las calles son de ripio. Son tan pocas las asfaltadas, que los pisteros del pueblo las usan para correr carreras. Entonces, para evitarlo, el municipio puso lomos de burro hechos con cemento o unas bandas de plástico que te aflojan los dientes postizos aunque las pases despacio. Por eso, en mi pueblo cuando estás conduciendo sólo te quedan dos opciones: calles malas por la que conducís muy despacio para no romper todo o calles buenas que fueron malificadas para que uno conduzca lentamente, lo cual no te exime de terminar rompiéndolo igual al pasar una loma de burro tan alta que te toca el medio del auto.

\"LeoFRidano-F34227\"Vivo en un pueblo en el que se andaba a caballo hasta hace poco, pero lentamente sus habitantes fueron pasándose a vehículos de combustión. Nosotros, los que vinimos de otros lugares fuimos trayendo más vehículos todavía y entre todos fuimos armando un parque automotor impresionante. No por lo grande ya que no somos tantos, sino por lo caótico del mismo. Recuerdo que hace muchos muchos años, un viejo poblador me confesó que condicionaba su conducción según el sombrero del conductor de adelante y de esa manera saber a qué atenerse: sin sombrero estaba todo bien; con gorra de beisbolista solían andar los pibes y de estos convenía alejarse pues no solían mirar y doblaban, cruzaban, pasaban sin dudar; con sombrero de ala ancha iban los que manejaban autos destrozados, muy posiblemente feriantes, así que el peligro no era sólo que perdieran un pedazo de auto, sino de la carga que llevaban mal atada arriba del techo. Reacciones posibles? Lentitud aterradora, alta posibilidad de que se le detenga el auto en medio de un cruce y que levante a todos los que hacen dedo en la ruta; finalmente, si el conductor tenía puesta boina era bien gaucho así que había que tener mucho cuidado, habiéndose bajado del caballo minutos antes, no sería raro que doblase de golpe, se detuviese sin avisar o estuviese absolutamente mamau.
Todas estas historias fueron hace mucho y hoy ya no es tan así. Como que en la actualidad no importa el sombrero, pues el uso social ha impuesto normas de conducción que ya han quedado fijas, como ser:

  • en la avenida se va por la izquierda aunque vayas lento. En parte porque la mano derecha de la San Martín (LA avenida) está repleta de pozos y contra el cordón están los autos estacionados. Viniendo del caballo que no tenía puertas, la gente no piensa en mirar si viene alguien antes de abrir una puerta para bajar del vehículo, lo que hace que andar por la derecha en las avenidas con el auto sea casi asesino (y con la bici absolutamente suicida).
  • a la gente no le gusta que la pasen. Si van a 30 kmh y te abrís para pasarlos (por la derecha, desde ya, ya que la izquierda no la largan ni a patadas), aceleran para que no puedas volver a meterte y en lo posibles caigas a un pozo interminable o te la pegues contra un camión canadiense. Clavado.
  • No es raro que en todo momento se te cruce algo sin dudar. Y no son humanitos siempre, pueden ser perros, caballos, bicicletas o lo que toque ese día. No es raro que pase un caballo desbocado, que se crucen tres perros para ladrarle al neumático, que un paisano te vea venir y, cuando te acercás se largue a cruzar y otras cosas así. Hay que tener ojos extras para calcular lo incalculable. Está claro que no depende de un cerebro humano la reacción, sino de la misericordia de los universos paralelos celestiales.
  • Si hay un lugar doble para estacionar, se estaciona en el medio. La gente del pueblo no sabe estacionar y, si lo supiera, parece que no le gusta. Recién se animan a meter el auto si tienen tres metros para atrás y tres para adelante de excedente. Eso no me molesta, pero sí lo que nombré, tienen una capacidad para anular lugares de estacionamiento verdaderamente sorprendente. Si se estaciona a 45 grados y hay dos lugares, lo mandan al medio, para salir más cómodamente.
  • Ante un solo espacio vacío para estacionar, evitan hacer maniobras parándose en doble fila mientras baja su compañero, hace un trámite en el banco y vuelve, o se baja el mismo conductor y desaparece. Nunca entendí por qué no lo dejan bajar y adelantan o atrasan el auto para dejar el lugar vacío al que quiera estacionar. Puede que sea que esperen que se desocupe otro para estacionar en el medio.
  • Por último, en todo este panorama estamos los venidos y acá hago un meaculpa. Solemos ser más histéricos, acelerados y estas cosas nos rompen los quinotos, entonces, somos los que vamos esquivando, pasando, maniobrando y todo lo necesario para que el tránsito entre en crisis absoluta.

\"LeoFRidano-_DSC1014\"Vivo en un pueblo en el que inventan carteles de tránsito. Nunca entendí por qué, ya que para esto suelen usarse plantillas internacionales, aprobadas, imagino que se deben conseguir fácil, pero no, a los de tránsito les agarra el hipperío y se ponen a inventar carteles, al punto que una calle de dos direcciones se convierte en una serpiente bífida o una con mano única ostenta un cartel con un guión. No es raro ver carteles de contramano al final de una cuadra mirando hacia la cuadra en sí y cosas así de incomprensibles. Suerte que no le damos mucha bola a los carteles, sino estaríamos en problemas.

Vivo en un pueblo que tiene una feria artesanal tres veces y media a la semana. Y ésto hace que el pueblo se transforme completamente. Los días sin feria es un pueblo normal, bien tranquilo. En cambio, los días de feria, desfilan los autos destrozados, los feriantes, los cantantes callejeros, las ferias paralelas y todo el color local extra que nos brinda la artesanía y su ambiente. Por momentos es divertido, en otros es desesperante. Depende un poco del humor de uno, de la época del año y del olor ajeno.

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Vivo en un pueblo que tiene dos bancos. Y cuarenta mil personas. Es decir, banco es sinónimo de cola. Gracias a Dios se inventó el home banking. Si no te queda otra, lo mejor es ir antes de que abran, siete cuarenta y cinco, ponele. En julio, seis grados bajo cero, esperar quince minutos en la puerta del banco, tras una cola de trabajadores que quieren cobrar es realmente triste. Da pena. Por suerte, la gente que limpia nos deja entrar unos cinco minutos antes de las ocho como para no tener que limpiar cadáveres luego. Uno entra, hace cola si es para la caja o saca número si es para ver a un empleado por algún tema en especial. Y es ahí, cuando uno está sentado esperando, sin usar el celu porque está prohibido ni el kindle porque parece un celu (ni un poquito parece) pero tampoco me deja usarlo, suelen escucharse las charlas en los puestos de los banqueros con los clientes. Casillero 1, el asado del domingo. Casillero 2, de la amiga que está embarazada y la vio tal y entonces le dijo. Casillero 3, hablaban algún problema del barrio, del agua, de no se qué. Motivos bancarios ni uno. Espera? una hora, dos? Es un pueblo, hay que acostumbrarse.

Vivo en un pueblo que es tan chico que uno conoce mucha gente. Y no es raro andar todo el día cruzándose con conocidos, charlando, intercambiando experiencias, sueños o quejas. Es divertido encontrarte con la misma persona en cuatro negocios diferentes durante una mañana de compras o en el café y luego en el supermercado. El universo nos envía mensajes constantemente, haciéndonos cruzar con personajes a los que tenemos que decirles algo y no recordábamos o con los que hay que aclarar algo, vaya uno a saber. Si analizo los encuentros casuales en su gran mayoría tienen un sentido más allá de lo “casual”. Y esto es, exactamente, lo que pasa en el banco y que contaba recién.
Vivo en un pueblo que está repleto de artistas. De todo tipo. Y algunos son muy pero muy buenos. Otros son soberanamente horrorosos. Y uno los ve a todos. Pero está bueno.
Vivo en un pueblo que tiene pocos lugares para que los artistas se expresen. Igual no hace falta porque casi nadie va a ningún evento artístico que no sea el propio. Nunca sabremos bien por qué. Hay contados eventos que explotan de gente y otros que son ignorados llanamente. Y no se sabe de qué depende todo esto.

Vivo en un pueblo turístico que, en verano, se llena de gente por un mes o un mes y medio, no más. Entonces, la suave cadencia de la vida cotidiana enloquece de golpe y se transforma. El municipio cobra el estacionamiento, los supermercados tardan en reaccionar y al principio escasea la variedad de productos que suelen ofrecer, en todo el puelbo aumentan los precios, los restaurantes desbordan de gente y dan un servicio horroroso (y más caro, desde ya), las estaciones de servicio tienen cola permanentemente y tomar un helado significa esperar cincuenta números de cola. La sinuosa ruta de montaña pasa a ser una larga caravana. Aparecen muchas caras que no viste durante todo el invierno, muchas veces con hijos que no tenían antes de hibernar.

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Vivo en un pueblo en el que acaban de poner semáforos en dos esquinas. Y no fue joda, ya que hubo que planear al detalle cómo hacer los cruces. En la primera intersección fue simple ya que tiene solo cuatro esquinas (cruce de calle normales), con la tranquilidad de los conductores uno puede tardar veinte minutos en cruzarlo. El problema es el otro, ya que es una avenida tipo boulevard y con una calle que la corta en diagonal. Joder, una de las sendas peatonales hace un recorrido extraño, diagonal en una parte, perpendicular en otra, tiene no sé cuántos turnos de cruzado ya que son como seis semáforos juntos y, lo peor de todo es que los trajeron con “artistas” callejeros incluidos. Así que no solo hay que fumarse el semáforo sino unos personajes intentando hacer algo y pidiendo donaciones con ello.

Vivo en un pueblo que, si soy completamente sincero, no es el pueblo que acabo de describir sino en el de al lado. Uno más chiquito, más disperso, más prolijo. Un pueblito que es tan pero tan chiquito que de todo hay solo uno. Y si ese “uno” está cerrado o no tiene lo que uno está buscando, hay que trasladarse al pueblo vecino. En mi verdadero pueblo no tengo los problemas que tengo en mi falso pueblo, ya que casi no hay autos y por ende no hay semáforos, no hay feria y por lo tanto no hay hippies ni tanta gente, no hay estacionamiento pago y se puede estacionar el auto por todos lados. Hay un solo banco pero no tengo cuenta ahí. En verano tiene turismo pero éste suele comprar en el pueblo grande y luego irse a la montaña, al lago o a la feria. Y así como existe mi pueblo chico, también hay otros pueblos. Son como satélites del pueblo más grande, aunque ellos y su orgullo lo nieguen.

Y en el pueblo grande, es decir, el pueblo que está al lado de mi pueblo hay un bar al que me gusta ir a desayunar y donde puedo pasar horas escribiendo. Hoy era uno de esos días, pero hace un segundo llegaron millones de personas que, según me acaban de contar, son de un coro y vienen a cantar hoy y mañana. Y lo que era un bar vacío y bucólico pasó a ser un griterío de aquellos, se llenó completamente y ya no hay lugar para mi concentración ni mi creatividad, así que prefiero dejarles lugar a ellos para que desayunen también y cortar aquí el relato.

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Comentarios

  1. Martín Avatar

    Leo, hacía rato que no te leía así de inspirado y sereno. Welcome back! 😉

  2. Gastón Avatar

    brillante!
    Gracias

  3. Graciela Avatar
    Graciela

    Muy buena ti descripción!!!!

  4. Alberto Avatar

    Que buena pintura!
    Te felicito!

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